Cuando el bebé nace, cuenta con una serie de reflejos que le ayudan a hacer frente a su entorno.
Los puños del recién nacido están casi siempre cerrados, ya que el bebé carece de control sobre sus manos. Las manos están controladas por el reflejo de prensión, el cual les hace agarrar un juguete, o el dedo que usted le pone en la mano. En algún momento los músculos se relajan y el objeto cae. Todo esto sucede de manera inconsciente e involuntaria.
Los músculos oculares también son débiles. Los recién nacidos pueden seguir los objetos con movimientos lentos y nerviosos.